¿Cuántas veces nos hemos visto diciendo que no necesitamos ayuda cuando si la requerimos?
Actualmente vemos que el liderazgo femenino ha adquirido bastante protagonismo en diferentes ámbitos, sobre todo a nivel conceptual, sin embargo, todavía conservamos una importante brecha en lo que conducta se refiere, sobre todo a la hora de cambiar creencias en los patrones conductuales, que implica dedicación y consciencia, junto con valorar nuevas acciones que muchas veces son rechazadas por nuestra cultura.
En el caso de la "autosuficiencia mal entendida" por varias generaciones de mujeres, está asociada a la idea que nos enseñaron a ser fuertes, pero no vulnerables. Si le preguntas a una mujer con qué asocia la palabra "vulnerabilidad", muchas de ellas responderán "debilidad, blandas, o disminuidas", y por supuesto en el ámbito laboral, la vulnerabilidad no es algo que se quiera dejar en evidencia. En el camino al liderazgo, muchas mujeres se olvidan de que pedir ayuda no es un signo de debilidad, sino de inteligencia emocional.
Nos enseñaron a resolver, a no depender de nadie. Ser independientes no era una opción, era casi una obligación. Y así, muchas mujeres que hoy ocupan roles de liderazgo han llegado ahí con una armadura brillante, pero pesada. Una que les impide mostrar fragilidad, cansancio o incertidumbre. Una que, sin darnos cuenta, nos desconecta de formar redes de dar y recibir de forma armónica.
Antiguamente, si vemos culturas ancestrales, las mujeres criaban y trabajaban en clanes, donde requerían pedir ayuda y entregar ayuda ocupando diferentes roles al interior del grupo. Era una posición móvil orientada a conservar un resultado colectivo que iba más allá del beneficio individual.
En el imaginario colectivo, hoy la mujer líder tiene que ser perfecta. Competente, empática, organizada, resolutiva. Pero, sobre todo, autosuficiente. Porque si pide ayuda, puede ser vista como débil. Porque si delega, tal vez digan que no puede con su cargo. Y esto se ha visto potenciado con las redes sociales, donde diferentes influencers se presentan felices, con cuerpos perfectos, haciendo miles de cosas perfectas en un mundo perfecto, que no hace más que potenciar las exigencias. Y así, muchas nos metimos en la trampa. Queremos demostrar que merecemos el lugar que ocupamos. No pedir ayuda tiene un costo alto. Y no solo personal, sino también organizacional.
Cuando una mujer líder se siente obligada a resolver todo sola se sobrecarga física y emocionalmente, su armadura la hace ver lejana y con pocas oportunidades de llegar a ella. En algunos casos extremos, se puede encubrir de frialdad y distancia, lo que impide poder conversar sobre temas y actitudes humanas por las que el equipo está pasando. Muchas veces este tipo de mujeres no advierte cuando está sobrepasada y simplemente, cuando ya no puede más, abandona el barco de forma silenciosa.
Pedir ayuda no debería doler. Pero duele cuando creemos que hacerlo bien es hacerlo todo, y hacerlo sin mostrar grietas.
Pedir ayuda no es rendirse. Es abrir la puerta a la colaboración. Es reconocer que nadie lidera sola. Que los grandes cambios no los hacen individuos heroicos, sino redes fuertes. Que ser buena líder no es saberlo todo, sino tener la humildad de rodearse de quienes saben, de quienes suman, de quienes te sostienen.
Algunas ideas para practicar el cambio de patrón:

· Decir "no puedo" sin culpa. No es fracaso, es autocuidado.
· Delegar con confianza. Tu equipo también crece cuando le das responsabilidad.
· Buscar redes de apoyo, mentoras, pares con quienes puedas hablar sin máscaras.
· Tener un diálogo interno para saber cuáles son tus límites y carga laboral.
El futuro del liderazgo femenino no es solitario. Es colectivo. Es empático y lo mejor es que es imperfecto y real como la vida misma.