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1 de mayo de 2026

Yo soy de Dios y Dios está en todas partes

Si tuviera que nombrar algo que ha estado presente constantemente en mi vida, sería la búsqueda de Dios. Desde muy pequeña sentía que Dios no era exactamente como me lo enseñaban.

Yo soy de Dios y Dios está en todas partes

Relato autobiográfico

Si tuviera que nombrar algo que ha estado presente constantemente en mi vida, sería la búsqueda de Dios.

Desde muy pequeña sentía que Dios no era exactamente como me lo enseñaban, y eso me alejaba de la experiencia espiritual: no lo sentía, no lo vivía. Soñaba con esa conexión profunda, con sentirme parte de algo más grande que yo. Perdí la fe siendo niña, pero algo superior a mí siempre me impulsó a seguir buscándolo, explorando distintos caminos para llegar a Él de alguna manera.

Recorrí múltiples rutas espirituales sin encasillarme en ninguna. Había algo en mí que no entendía por qué la espiritualidad y la religión tenían que estar divididas o fragmentadas. Por eso, siempre me costó responder preguntas como: "¿En qué crees?" o "¿De qué religión eres?". Esa ha sido mi historia, un camino que, en parte, me dejó el legado de mi madre al partir de este mundo, una forma de mirar lo sagrado desde una visión integrada, sin ataduras a lo doctrinario. Aprendí que Dios no está fuera, sino dentro de nosotros. Pero este camino no ha sido sencillo. Ha sido una búsqueda desde mi propia verdad, marcada por cicatrices y desafíos.

La historia de la cruz

Cuando mi mamá murió, encontré en su casa una pequeña cruz. Me la llevé, algo raro en mí, porque las cruces siempre me han generado tristeza. Pero esta tenía algo distinto, algo especial. Comencé a averiguar su origen, y finalmente llegué a un chat del colegio de mis hijas. Allí, una mujer muy amorosa me contó que esa cruz venía de España y que era usada por personas del Opus Dei en honor a su fundador. Era una cruz muy escasa, y justamente su hijo llevaba tiempo buscándola.

Mi formación escolar fue en un colegio del Opus Dei, y dejó en mí muchas heridas espirituales. Así que mi primera reacción fue: "Se la regalo feliz a tu hijo". Para mí, era una forma de desprenderme de esa cruz y cerrar el capítulo. Pero su respuesta me descolocó: "Me encantaría, pero esa cruz es para ti. Si la tenía ella, seguramente tu mamá fue alguien muy especial."

A pesar de mi intención de dejarla ir, me quedé con ella. La puse junto a otra cruz que ya tenía, una cruz egipcia que estaba en mi pieza. Empecé a mirarla de vez en cuando... Hasta que, dos años después, volví a hablar con esa mujer por una casualidad de la vida. Le pregunté si su hijo había conseguido la cruz, y me dijo que aún no. Yo ya me había olvidado de la cruz como "objeto ajeno"; ya se había vuelto parte de mí.

Y así, de vez en cuando la miraba. La cruz se había instalado silenciosamente en mi velador, y con el tiempo dejó de incomodarme. Ya no me generaba rechazo, sino que comenzó a integrarse en mi historia. Ya era parte de mi espacio y de mi recorrido. Sin embargo, sentí el impulso de preguntarle si a su hijo todavía le gustaría tenerla.

Él se puso en contacto conmigo de una forma muy especial. Fue como si nos conociéramos desde antes, como si ese acto de entregar también implicara un recibir. Estaba profundamente emocionado, y me dijo que rezaría por mi mamá y por mí.

Le respondí que no hacía falta, que sentía que debía entregársela, que algo en mí sabía que era lo correcto, aunque no supiera bien por qué. Tal vez, pensé, el camino de Dios va por ahí… por gestos, por llaves invisibles.

Acordamos que vendría a buscarla. Pero ese día, la cruz desapareció…

La cruz que veía todos los días ya no estaba. Sentí que ese hecho traía un mensaje poderoso. Revisé toda la casa, busqué en cada rincón, di vuelta todo… y nada. Entonces me senté a meditar. Le pedí a Dios que me ayudara a entender qué estaba ocurriendo. En medio del silencio, recibí un mensaje que fue como un susurro divino, claro y estremecedor: "El aprendizaje es que veas que Dios está en todo y Dios es todo."

Esa misma noche, la cruz apareció. Estaba guardada dentro de un estuche, en mi baño. Todo fue muy curioso, pero profundamente simbólico.

Hoy comprendo que la integración es mi camino de vida. No ha sido fácil, porque hay heridas humanas que aún piden ser sanadas. Pero cuando lo miro desde lo divino, todo cobra sentido. Todo es perfecto. Y comprendo que cada persona debe recorrer su camino espiritual desde donde le resuene, desde sus posibilidades y desde su coherencia.

Yo elijo seguir por esta ruta de la integración, aunque sea desafiante. Porque vivimos en un mundo que insiste en encasillarte, en exigirte definiciones. Pero para mí, la espiritualidad no es una definición. Es una integración profunda y sagrada con Dios, un camino íntimo que no admite espectadores. Es una ruta que puede nutrirse de distintas miradas y certezas que nacen desde lo más hondo del corazón, aunque el mundo entero te diga que estás equivocada.

Seguir el camino propio

Y ahí aparece la elección más valiente: ser fiel a ese camino. Aunque incomode, aunque sea incomprendida, aunque duela. Porque también libera.

Hoy iré a entregar la cruz a su próximo dueño. Ya no como un intento de deshacerme de mi historia, sino como un gesto de reconocimiento y gratitud por lo que me enseñó. Porque creo con todo mi ser que Dios está en todo: en la luz y en la sombra, en el lleno y en el vacío.

Como me dijo mi mamá antes de morir: "Jose, sigue tu camino, no importa lo que te digan." Y por eso, cuando me pregunten en qué creo, simplemente diré:

"Yo soy de Dios. Y Dios está en todas partes."